miércoles, 21 de enero de 2009

MONOLOGO DE MANUELITA SAENZ.

MANUELITA SAENZ:
LA LIBERTADORA DEL LIBERTADOR.
Hoy, al ver tu foto me he devuelto en el tiempo y me encuentro 21 años atrás. Nuevamente y como siempre estoy pensando en ellos y principalmente en el Libertador: Simón Bolívar.
No se en que momento, habiendo tantos labios tuve que besar los que fueron castigo, me entregue a un amor poderosamente impulsado por la pasión, la sed de gloria y la ambición de señorío. Ahora sufro el dolor de la soledad, de la ingratitud y el olvido. Goce de los frutos de lo grande y lo maravilloso y saboree la hiel de las tristezas, del frio, del silencio y del abandono que padecen las más altas cimas.
En mi despliegue de soberbia, inteligencia, sagacidad, orgullo, valentía, desinterés y señorío; se escondía las lagrimas, la cobardía, los recuerdos que jamás se borran, las preguntas que pareciera no encontrar jamás respuesta, el tiempo y la distancia que aun no actúan para poder perdonar pero nunca olvidar.
Naci en Quito (Ecuador) a comienzos del año 1797. Fui una niña bien nacida y mal nacida. Bien nacida pues mis padres, tanto madre como padre pertenecían a familias acaudaladas, de buena posición social y como tal, de buenas relaciones sociales y políticas. Mal nacida, porque fui el producto de un amor prohibido y permitido entre la misma sociedad “El Adulterio”. Y como siempre los padres no son suficientemente maduros para aceptar las consecuencias de sus actos y culpan a sus hijos para que sufran y asuman la inmadurez de ellos.
Mi padre Simón Sáenz se preocupo por comprar mi cariño o mejor pagar porque otras personas me dieran el cuidado que él no estaba en condición de brindarme. De un momento a otro él empezó a quedarse solo, pues mis tres hermanos están creciendo y piensa educarlos y hacer de ellos militares y comerciantes, pero en sus proyectos no tiene a su hija, no me incluye en su vida personal.
Mi madre María Joaquina Aizpuru ya no siente nada por mi padre, se van desapareciendo las ilusiones sentimentales hasta llegar a no entregarse a mi padre. Ya no lo ama, ni siente atracción por él, se ha extinguido la llama del amor y para siempre empieza a odiar poco a poco. En todos esos sentimientos que mi madre siente hacia mi padre yo participo, me empiezo a quejar que nunca tuve padre y permito poco a poco que en mi corazón brote y se alimente un sentimiento capaz de hundir y volver polvo a quien se ponga delante, hombre o mujer.
Me casé muy joven, con el medico ingles Thorne, un profesional que me doblaba la edad; en ese tiempo los matrimonios se arreglaban de familia a familia sin que rigiera el amor. Lo abandone para vivir con el Libertador cuando se encontraba en toda su gloria, en la cima de todo poder.
Antes de entrar a la pubertad me faltaba por vivir una experiencia que marcaria mi vida: LA REVOLUCION. Mi entusiasmo llegaba hasta el fanatismo. Mi vida se recopila en cuatro pilares: SER LIBRE en cuanto amar con delirio u odiar en el mismo grado, SER REBELDE y revolucionaria, ENTENDER la vida a lo grande y CONFRONTAR las ingratitudes, los desprendimientos y generosidades hasta la actitud mas elevada.
Entonces entre lucha y lucha, con esfuerzos para lograr la libertad donde reinada la tiranía; trabaje con desinterés abandonando mi fortuna y mi tranquilidad hasta lograr mi poder personal que me llego a hacerme temible en Bogotá, Lima y Quito. Entonces mi celo femenino, mi patriotismo, mis grandes amores y mis grandes odios que vibraban en mi alma comenzaron a actuar poderosamente. Fue difícil para los conspiradores luchar con una mujer de semejante carácter.
Con inteligencia sencilla y audaz, el 10 de agosto de 1828 le salve la vida al Libertador de una muerte segura. Poco tiempo después, el 25 de septiembre del mismo año; igualmente le salve la vida al Libertador, aunque me derribaron, me maltrataron, uno de los conspiradores golpeo mi frente con sus botas, diez puñales me amenazaron. Pero… con el odio en el alma y en los labios yo no cesaba de gritarles: Mátenme cobardes, maten a una mujer. Y desde ese momento llevo el nombre de MANUELITA SAENZ: LA LIBERTADORA DEL LIBERTADOR, y no porque en si yo haya conquistado o libertado el corazón de Bolívar sino por salvar de las garras de la malicia su vida.
Al correr del tiempo, yo conservaba mi modo burlón por las cosas mas serias. Se forjaba en mi espíritu femenino, endiosado por los triunfos, cierta vanidad y coquetería que comenzaba a ser censurada. Una mujer de fuego y caprichosa, tan sólo risa y desprecio. Quizás estas historietas de amor eran por no causar dolor, quizás moje mis labios con otros que supieran a miel, quizás calle ante el deseo y termine siendo infiel.
Después de terminarse para siempre la carrera política de Bolívar, los meses sucesivos fueron las angustias de la agonía. Yo no sabía llorar, pero en esos días aprendí a llorar. Iba creciendo en mí la soledad sin que me diera cuenta y la trataba de ocultar con la entereza y el concepto de valentía que todo el mundo tenia de Manuelita Sáenz.
El 8 de mayo de 1830 llego la hora del adiós que quizás el Libertador lo considero definitivo, pero que yo interprete como pasajero. Era una de esas mañanas muy frías, muy tristes. El caminaba directamente a la muerte y para mi estaba reservado un calvario de varios años. “No hubo angustias en sus ojos ni en los míos, sin hipocresías ni cobardías, y calladamente le deje mi vida”. Y el principio de m fin comenzó aquel fatídico 17 de diciembre de 1830, cuando el Libertador murió y al darme cuenta que en su testamento escrito el 11 del mismo mes, no había pronunciado mi nombre para nada. ¿Sería qué yo no había representado nada en su vida, o tal vez, se olvido tan pronto de mi? No lo sé y es el momento que aun lo ignoro.
La primera idea y acción que pasó por mi mente fue la del suicidio. La grandeza de mi pasión exigía un desenlace brusco y fatal; y fue entonces cuando me hice morder por una víbora. Mi espíritu también estaba mordido por los múltiples venenos de todos los que me odiaban. Probablemente creía poco o no creía nada en aquellos de unirse detrás de la tumba del ser amado; pero así lo creyera, lo que determino mi suicidio fue la desesperación que mi vida de heroína, de generala, de verdadero eje y centro de la vida política, se desplomara de lleno y cayese a un abismo. Mis glorias, mi imperio, mi amor, mi felicidad y fortaleza se habían destrozado.
Y comencé el peregrinaje triste que la vida me había preparado. Empecé a empeñar las joyas pues estaba pobre y vencida. Dos años más tarde, dos años de soledad, de depresión, de tristeza desesperante recibo la noticia de que el congreso de mi patria había autorizado mi retorno después del exilio. Pero se rigió mi orgullo. Agradecí la gestión pero mantuve mi palabra, la determinación estaba tomada y la llevaría hasta el final. En Parta, la gente al tomarme confianza, comenzó a pedirme que apadrinase a los niños en el bautismo. Nunca me rehusaba, con la única condición de que a los niños se les llamara Simón y a las niñas Manuela.
También me entregue al cuidado de varios perros, esta vez, puse a cada uno el nombre de algún general, quizás para seguir mandándolos, para rechazarlos o tenerlos junto a mi, para obligarlos a echarse a mis pies o para castigarlos. Quizás a alguno o algunos de ellos tuve que fusilar por viejos o traicioneros. Quizás así cumplía mi venganza.
Y hoy después de 21 años de destierro me encuentro vieja pero no vencida, los muchos años han caído ya sobre mis hombros. Mis palabras son fáciles, concretas y nada presuntuosas, dominando en mí la ironía. En medio de la pobreza no amengua nunca mi dignidad ni mi orgullo. Las leyes de la naturaleza no son las que me han dejado en este estado, sino las penas que roen mi corazón. Mis enemigos lograron asesinarme moralmente con sus ingratitudes y calumnias.

NARRADOR: Murió desterrada y pobre, aunque muy altiva y digna, a los cincuenta y nueve años en 1856 por causa de la peste difteria. Esta mujer nunca se dio por vencida en ninguna circunstancia, su carácter superaba a los mismos acontecimientos. A Manuelita la llamaban la Tiranía porque revelaba a la vez la férrea voluntad que tenia, su influencia sobre el espíritu del Libertador y el dominio autoritario sobre todos. El temperamento de Manuelita le exigió acción, aprendió a luchar y sabía que el éxito no estaba en la defensa sino en la iniciativa. Siempre se destaco por su ironía sutil y corazón despiadado.
Manuela rechazo íntegramente la herencia del marido, a pesar de la pobreza en la que vivía, porque también el empecinamiento de su dignidad era grande. Sabía aceptar e imponerse las consecuencias de sus actos. Jamás humilló su frente ante nadie.
La difteria apago esta vida por asfixia, al igual que la tisis ahogo la existencia de Bolívar también por asfixia. Allá y aquí las ingratitudes, el olvido y la pobreza. Pero también la gloria y con ella una radiosa inmortalidad.Su pecado original esta lavado ya en los manantiales de la libertad que ella ayudo a descubrir. La muerte cegó la vida de esta extraordinaria mujer, como si quisiera purificarla definitivamente y eternamente, a fin de que ocupe con totalidad y con el derecho que le pertenece el sitio admirativo que le corresponde y en el cual hoy, mañana y siempre se encontrara.
ELSY JOHANA GUIO HOYOS

2 comentarios:

  1. Muy bueno tu monologo, de corazon te felicito.
    siga escribiendo. carmenfrancia@hotmail.com
    Desde venezuela

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  2. tu monologo exelente,
    quisiera aprovechar para pedirte si por favor me dejas usarlo para una obra de teatro en mi escuela...
    saludos desde colombia

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